SOBRE EL GRAN BOLERO*

La oscuridad es masacrada por el ruido.
Una lluvia de disparos.
Un cuerpo que intuimos, los recibe, impávido.
Quieto y a la vez permeable.

Respira, no mires, respira, mira.
Lo están acribillando de nada.

Tranquila.

Mientras la luz abre el espacio
y los ojos comienzan a distinguir otras texturas en la penumbra,
dos filas de seres ambiguos, se enfrentan y delatan,
como si se asomaran al mundo sin saberlo.

Los márgenes, ahora diluidos, se exponen
al compás de un andar en despiadado contratiempo.

La marcha inicia con la promesa absurda de instalarse para siempre
como un recóndito pulsar inextinguible.

Y cada paso, repito, cada paso,
parece matemáticamente ejecutado.

Revelan sin embargo
la posibilidad de la herida,
del tajo, del corte,
del miedo al fracaso,
escudado por la impasible contundencia de un bolero latente
que se va vistiendo con capas superpuestas.

La mirada, la mía, se llena del agotamiento anunciado.

De repente las preguntas del porqué se vuelven inabarcables, inútiles.

Deciden desaparecer.

Entonces, ante la marea de cuerpos, en incesante espiral,
que crece y madura brotando certezas y sudor a partes iguales,
se despliega la avidez de ese sitio seguro,
de la monotonía enormemente seductora del volcán siempre a punto de estallar.

Una vez despojado el aire de expectativas,
llega la rendición y la única estrategia posible:
la huida urgente y violenta
del corsé de este palpitar
que nos embarga,
embriaga,
que nos asfixia
y demanda más,
vorazmente.

La pulsión de la rabia descoloca las piezas, y las mandíbulas.

La repetición se vuelve salvaje.

Y ahora soy yo la que quiere sangre
en el espectáculo épico de una plaza primitiva.

Como si después de despojarse de la ropa,
pudieran seguir quitándose capas de encima
hasta llegar a los huesos,
y de allí a la médula.

Más.

El aire se convierte en un insaciable agujero negro,
ninfómano de aliento, de giros, de números y pliegues.

Quien pudiera detener el tren feroz de lo inevitable.

Quien pudiera tener una cita con ese gozo del cansancio inabarcable.

Roza una epopeya rotunda, formulando un lapsus
entre la más pura anatomía y el anhelo de lo heroico
que subyace en el sentido profundo de este juego.

Es la apuesta desnuda del suicida,
del poeta, del loco, del caníbal,
y en este pacto lo es también,
de la masa sin rostro, del coro
que a gritos se entrega a la inercia despiadada
de lo terriblemente bello,
de lo terriblemente lleno.

@Fotografía de Claudia Córdova Zignago

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